GEATELLUM
Adrián Díaz




En el pequeño pueblo de Irza, al pie de la escarpada cordillera de Shin, se había declarado el estado de emergencia dado que el temible mago Nasgal, señor de las artes oscuras, se había establecido en la cueva Ancestral, lugar donde yace el cuerpo de Kroggar, antiguo Gran Maestre de la orden del Dragón Negro y, por lo tanto, uno de los mayores guerreros de toda Geatellum.

Años antes de este suceso, se había declarado una guerra civil en Geatellum, esta guerra enfrentaba a dos bandos, a los partidarios del rey vigente, Ur, y a los partidarios del revolucionario Baal, un general del ejército y poderoso nigromante.
La guerra se cobró muchas vidas y acabó con el ascenso de Baal al trono. Poco tiempo tuvo que pasar para que el ejército del nuevo rey aplastara a los insurgentes. Se les capturaba, marginaba, desterraba… incluso se llegó a arrojar al mar a los hijos de los rebeldes.

Pero regresemos a Irza. El alcalde declaró el estado de emergencia dado que una noche se vio salir a un extraño ser de la cueva.
Todo el mundo supuso que Nasgal había resucitado a Kroggar porque al día siguiente aparecieron dos venados cruelmente mutilados en la plaza del pueblo.
Temiendo que sucediera lo peor, el alcalde contrató a un grupo de mercenarios, que viajaba en una caravana, para intentar frenar las actividades del nigromante.
Los mercenarios se internaron en la montaña y ya de madrugada, dieron con la cueva. Una vez dentro se les descubrió una escena especialmente macabra, allí estaba Nasgal, un hombre ataviado con una túnica roja, en una mano un cayado chisporroteante, en la otra una de las cabezas de un venado. Estaba trazando unos extraños símbolos en las paredes de la cueva, cuando se percató de la presencia de los mercenarios y les miró con aire de indiferencia.
-¿Qué hacéis en mi cueva, escoria?- dijo Nasgal con una voz plagada de extraños matices.
-¡Hemos venido a matarte degollacabras!-dijo el capitán de los sicarios. En ese preciso instante, los ojos de Nasgal relampaguearon de pura ira y como si de un torbellino se tratase, un rayo de energía oscura golpeó al cabecilla de la banda en el pecho. Éste todavía parpadeaba cuando cayó al suelo con un agujero del tamaño de una cabeza en el tórax.
Inmediatamente el grupo de salteadores atacó al nigromante pero justo antes de que llegaran a su objetivo, éste sonrió y empezó a reír de tal manera que las paredes de la cueva retumbaron.
Los atacantes frenaron en seco su embestida porque además de la terrorífica carcajada, algo había ensombrecido los escasos rayos de luna que se colaban por la entrada de la cavidad. Lo que estaba obstruyendo los haces de luz era ni más ni menos que un hombre de proporciones titánicas totalmente vestido de negro hierro, armado con una espada que iba acorde con sus proporciones, ofrecía una imagen terrorífica. Este monstruo de hierro era Kroggar, el Gran Maestre de la orden del Dragón Negro. Justo después de su aparición, el paladín se lanzó al combate, pero la carnicería duró muy poco tiempo dado que los asaltantes se quedaron paralizados ante tal horror.
Nasgal castigó a los atrevidos mercenarios resucitándolos mediante artes arcanas y sometiéndolos a su poder.
El enigmático nigromante dejó que los no-muertos camparan por los bosques cercanos a Irza pero éstos, haciendo gala de su extrema voracidad, arrasaron con el ganado del pueblo.
Desesperados ya, los pueblerinos pidieron ayuda a su señor feudal y éste en un alarde de altivez, envió a su propio hijo a combatir junto con un pequeño contingente de soldados, sufriendo éstos la misma suerte que los desdichados mercenarios.

Al cabo de varios meses de inactividad por parte de los dos bandos, exceptuando pequeñas escaramuzas, el señor feudal consiguió formar un formidable ejército y lo lideró hacia la batalla.
Cuando llegaron a los dominios de los señores oscuros se encontraron con una desagradable sorpresa: una hueste de muertos vivientes les estaba esperando y a la cabeza de ésta, el hijo del señor del feudo.
La batalla duró tres días con sus respectivas noches y acabó con el combate singular entre el señor feudal y su propio hijo.
El hijo dominado por magia negra no podía cansarse y era insensible a los tajos que le propinaba su padre y, éste, desesperado ya ante el dolor psicológico de tener que matar su propio descendiente, se dio por vencido y se arrodilló para pedir clemencia, pero su hijo le rebanó la cabeza.
Después de la batalla, Nasgal y Kroggar tomaron el castillo de Irza y esclavizaron a la plebe.

Desde ese día incontables señores de la guerra han intentado tomar este territorio, pero lo único que consiguen es engrosar las filas del cáncer que se cierne sobre Geatellum.


Pasaron los años y un joven guerrero llamado Anarion escuchó la historia de Irza y decidió partir hacia ese territorio acompañado por sus compañeros de viaje: Asher, un mago ígneo que todavía no domina por completo sus poderes, e Ishtar, una bella amazona experta en el manejo de la espada.
Tardaron varios meses en llegar y cuando lo hicieron se quedaron sobrecogidos al ver aquel territorio. Los árboles no tenían hojas, no cantaban los pájaros y un olor a descomposición emanaba del suelo que pisaban, pero lo más extraño de todo era el tiempo, toda la región estaba bañada por los rayos del sol, toda excepto el amenazador castillo, éste se encontraba bajo una imponente nube relampagueante.
Los tres amigos se adentraron en ese territorio. Al mediodía decidieron parar para comer, Asher practicaba sus conjuros, Anarion fue a buscar leña e Ishtar fue a buscar agua. De repente un grito rompió la calma del claro en el que Asher practicaba, era Ishtar, el mago empezó a correr hacia la chica y cual fue su sorpresa cuando la encontró sentada en el lecho del río con la tez pálida.
-¿Qué te ha pasado?-preguntó contrariado el mago –Mira el río- dijo ella todavía conmocionada.
El joven mago se acercó al río y también se tambaleó al ver lo que había: soldados, sí, había soldados allí, montones de ellos, con la piel podrida, sus armaduras estaban corroídas por el paso del tiempo y la acción del agua y en las cuencas de sus ojos se asentaban colonias de pequeños insectos acuáticos… era una imagen espantosa.
Decidieron volver al claro y contarle lo sucedido a Anarion. No notaron que una sombra les observaba desde la linde del bosque. Esta sombra era Sephard, un asesino contratado por Nasgal, la reputación de este sicario era conocida en toda Geatellum y todos los reyes temían que algún día éste les hiciera una visita.
Sephard se presentó en el castillo de Nasgal y dio parte de lo sucedido en el río.





El nigromante se interesó mucho por la compañía que había llegado a sus dominios dado que deseaba algo que Asher poseía e hizo que Sephard le tendiera una trampa. El asesino secuestraría a la amazona y Asher se lanzaría al rescate sin pensarlo, como siempre hacía, arrastrando a Anarion con él.

La noche sorprendió a los tres viajeros en medio del bosque y se propusieron pasar la noche al raso. Sephard llegó justo cuando Ishtar hacía su guardia, se aproximó a ella por la espalda sin hacer el menor ruido y fue desenvainando muy lentamente una de sus dagas mientras se acercaba, cuando la tuvo desenvainada tomó impulso y se lanzó hacia la amazona. Ésta salto lateralmente por acto reflejo pero Sephard consiguió que el filo de la daga le rozara el brazo.
La joven miró a Sephard y se sonrió, por fin había encontrado a alguien con quien luchar. El asesino era muy ágil y se movía como una pantera, además el hecho de que vistiera totalmente de negro dificultaba su detección cuando era de noche.
La amazona en cambio vestía de blanco y no era tan ágil como él, pero su falta de velocidad la compensaba con su dominio de la espada
La chica se palpó el brazo y notó el corte que le había hecho el sicario – ¿No sabes hacer nada mejor, maldito asesino?- dijo ella –Sólo necesitaba un simple corte, doncella- dijo él con extrema cortesía.
Ishtar se quedó contrariada ante aquellas palabras. ¿Un solo corte? Se dio cuenta de lo que pasaba, la hoja de la daga estaba envenenada. Inmediatamente después de llegar a esa conclusión notó que le costaba respirar y en pocos segundos cayó inconsciente ante la fría mirada de Sephard.
Cuando la amazona despertó se encontraba en una sala pobremente iluminada y rodeada de extraños instrumentos de cristal, todos ellos con líquidos burbujeantes y curiosos filtros humeantes. Se percató de que no estaba sola, un hombre estaba bajando las escaleras y en un momento se encontró delante de ella, un hombre de unos treinta años . Profundas arrugas surcaban su cara, e iba ataviado con una túnica púrpura, cosa que señalaba su alto rango dentro de la sociedad mágica.
-Bienvenida al castillo de Irza, Ishtar- dijo Nasgal con una voz socarrona-
-¿Cómo sabes mi nombre, mago? – Ah, hay pocas cosas que no sepa de ti doncella, y tampoco se me escapan demasiadas cosas de tus compañeros.
La joven intentó sostenerle la mirada pero algo en los ojos de éste le causó tal terror que tuvo que contener un grito de pura congoja. El mago se sintió complacido por eso y dejó de mirarla directamente a los ojos.
En el momento en el que Nasgal se disponía a entablar conversación una sacudida ahogó sus palabras. –Creo que ya han llegado tus amigos- dijo mientras subía las escaleras.
En efecto, en el exterior del castillo estaban Anarion y Asher junto con un centenar de pueblerinos. Diez de éstos últimos arremetían contra el portón con un precario ariete. Asher estaba a punto de lanzar un conjuro cuando Nasgal hizo acto de presencia.
-¿Qué estáis haciendo, ineptos pueblerinos?- dijo realmente enfadado- ¿no veis que no podréis derribar mi puerta con un simple tronco?, observad. En ese mismo instante las nubes que había encima del castillo empezaron a girar vertiginosamente y el mago alzó sus manos hacia el cielo. De repente un rayo fulminó a los que llevaban el ariete, dejando flotando en el aire un olor a carne quemada.
Asher no cabía de asombro, ese mago había ejecutado uno de los hechizos de más alto nivel sin apenas despeinarse. En ese momento tuvo la corazonada de que no saldría vivo de allí.
Anarion le cubrió con su escudo cuando una lluvia de flechas se les vino encima. El sonido de los proyectiles contra la superficie del escudo le hizo reaccionar. En ese instante Asher ejecutó un campo protector en torno a ellos dos y corrieron hacia el bosque junto con los asaltantes restantes.

Los dos amigos estuvieron cavilando durante largo rato cómo podrían atacar la fortaleza, pero estaba construida de tal manera que sólo se podía acceder por un sitio.
Cuando se decidieron a salir les estaba esperanto un contingente de cadavéricos soldados capitaneados por una mole negra de hierro. –Yo me encargo del cabeza de lata, tú intenta llevarte a tantos de los otros como puedas- dijo Anarion. Asher asintió y empezó a preparar el mejor hechizo que conocía.
Mientras, Anarion se acercó al monstruoso caballero –Hola, Anarion- dijo Kroggar. – ¿Me conoces, caballero de hojalata?-dijo el fanfarrón guerrero.
- Sólo por habladurías, un gran guerrero dicen unos, un mero fanfarrón dicen otros. Veamos de qué estás hecho- En ese instante Kroggar empezó el combate.
Los dos contendientes se observaron durante largo rato. Rápido como el rayo, el joven guerrero intentó herir con una estocada al gigante –Tendrás que hacerlo mejor, enano- dijo Kroggar algo confiado cuando lanzaba un mandoble que pasó muy cerca del brazo de Anarion.

Éste se dio cuenta de que no podría parar los golpes del paladín negro con su escudo, por lo tanto, lo arrojó al suelo. Una vez estuvo libre atacó como un poseso al gigante que desviaba todas sus acometidas con demasiada facilidad.
Kroggar siguió insultando al guerrero pero, en un momento, éste consiguió impactar en el pecho de Kroggar.
Anarion transformó su grito de júbilo en uno de terror al ver que su espada se quebraba al impactar en la armadura del caballero negro. Kroggar rió y dijo – creo que estas en problemas, pequeño- en ese momento empezó a asestar brutales golpes que el joven trataba de esquivar como podía. En un momento Anarion descuidó su costillar y la colosal espada de Kroggar se hundió hasta lo mas hondo del joven paladín.
En ese momento Asher vio cómo su amigo quedaba empalado en la espada del gigante y acompañándose con un grito desquiciado lanzó un hechizo que no conocía, un dragón de fuego surcó los cielos e impactó justo donde estaba Kroggar, creando una explosión descomunal. Una vez el humo se hubo disipado, sólo se alcanzaba a ver algunas partes de la armadura del titánico caballero desperdigadas por el campo de batalla.

Asher no se dio cuenta de que una sombra se le había ido acercando durante el transcurso de la batalla y aprovechó la debilidad posterior al lanzamiento del poderoso conjuro para capturarlo y llevarlo al castillo.

El joven mago despertó y se vio atado de pies y manos a una húmeda pared. Nasgal entró en la estancia y le saludó cortésmente. Asher reconoció al mago que invocó aquel rayo… se volvió a desvanecer. Cuando recuperó el sentido se dio cuenta de que tenía el torso al descubierto y su extraña cicatriz era totalmente visible.
Por el rabillo del ojo vio cómo el nigromante le estaba observando por detrás sonriendo. De repente, uno de los dedos de Nasgal se posó en el centro de su cicatriz y Asher aulló de dolor. La marca empezaba a iluminarse, parecía incandescente y pasado esto… nada, no volvió a sentir nada nunca más.
Nasgal no cabía en sí de gozo, había conseguido extraer la esencia del último de una larga estirpe de magos y, según las leyes de la herencia mágica, todo el poder de esa dinastía se concentraba en ese chico.



El nigromante empezó de inmediato los preparativos para absorber toda esa esencia cuando una figura vestida de blanco se plantó en el marco de la puerta. Era Ishtar, Nasgal se giró y los dos sonrieron. – ¡Lo hemos conseguido Nasgal!- dijo ella –Sí, tras muchos años de búsqueda dimos con él, es una lástima la pérdida de Kroggar, pero lo conseguimos al fin.
-Gracias a la información que nos has ido pasando sobre Asher y Anarion hemos podido ejecutar nuestro plan, querida- dijo el nigromante –ahora podrás volver con tu padre, nuestro glorioso rey Baal, y yo seré su lugarteniente ahora que poseo la esencia de los Igniti.

Así acaba la historia de los valerosos Asher y Anarion, y así empieza la historia de Nasgal e Ishtar, extendiendo por fin el cáncer que se cernía sobre Geatellum.